El gobierno del presidente Macri, ante la imposibilidad de negarlos, optó por “delincuenciarlos".

La guerra de Malvinas fue, sin duda, una bisagra continental y una muestra (también) de una de las características de una parte de los argentinos: la bipolaridad casi congénita. Al final ese abril de 1982, cuando escuchabas los gritos en las casas, no se sabía si se festejaba un gol de la selección en el mundial de España o si un Exocet había impactado en la flota británica. Así fue.

Pasaron otras cosas, como la llegada del entonces canciller Costas a Cuba, donde, para su sorpresa, Fidel Castro le mostró un mapa de Malvinas y le recomendó algunas acciones sobre el conocimiento del terreno. La profunda ignorancia del excanciller sobre Malvinas, lo hizo huir despavorido. O, dicho en argentino: arrugó frente al comunista.

Una de las cosas que generó admiración y un cierto tipo de ternura, fueron los “extranjeros” que se enlistaron para marchar a defender esa causa nacional.

Las cifras hablan de aproximadamente 20.000 peruanos, 12.000 bolivianos y 9.000 paraguayos. Las cifras varían un poco, dependiendo de la fuente, lo que resulta realmente irrelevante. Ellos estaban ahí.

En el caso de Bolivia, la historia se remonta a mucho antes: la primera invasión inglesa a las Islas Malvinas, fue en el año 1833. En ese entonces, el Mariscal Santa Cruz era presidente de Bolivia y, enterado del caso, mandó una carta protestando la invasión y dejando en claro que Bolivia solo reconocía a la República Argentina como unidad territorial sobre las Malvinas. Bolivia fue el primer país en protestar la invasión. La carta fue dirigida a la reina de Inglaterra y a su primer ministro, con copia a Buenos Aires. Dicho en argentino: Bolivia puso las bolas sobre la mesa defendiendo a la Argentina.

Tuve el privilegio de llevar una copia de ese documento a Vallegrande, con el exembajador Ariel Basteiro.

Desde todo aquello pasaron muchos años. Y la gente se movió de sus lugares de origen por distintas razones: económicas, de placer, por cambiar de aire. Por amor también, a veces.

Los migrantes suramericanos en Argentina, se calculan en 4,5 millones de personas. Según la CEPAL, hay un total de 28 millones de migrantes regionales, y el país con mayor recepción es Argentina: intelectuales, fabricantes, comerciantes, productores de comida. De la comida de los “argentinos”, de tal suerte que estos no podrán negar nunca la capacidad de trabajo y creatividad que aportaron los inmigrantes al país. Ni los de antes ni los de ahora. Ni los anarquistas españoles, ni los agricultores bolivianos. Ni los “ingenieros” italianos, ni los chapistas peruanos. No podrán negar a los panaderos alemanes, así como tampoco podrán ignorar los albañiles paraguayos. Ni con el justificativo de la bipolaridad congénita.

Ahora bien, el gobierno del presidente Macri, junto con su ministra Bullrich, ante la imposibilidad de negarlos, optó por “delincuenciarlos”. Dicho en argentino: se cagaron en todo.

Dejó de importar, no solo la historia, sino la capacidad intelectual y de trabajo actual que estos inmigrantes le aportan desde siempre al país. En todas las áreas. Solo por dar un dato: el mercado de abasto —que produce las frutas y verduras que consume Buenos Aires— sale de manos bolivianas. Lo mismo en gran parte de la carne y en la industria textil y en el comercio en general.

Con estos datos que seguramente ignora a conciencia el gobierno argentino, se me ocurre una sola pregunta: ¿qué pasaría si los inmigrantes hicieran una huelga general de, por ejemplo, 72 horas? ¿Que comerían los argentinos? ¿A dónde irían a hacer las compras cotidianas? ¿Qué sucedería con la construcción?

O dicho en argentino: si los inmigrantes fueran a esa huelga… ¿de qué mierda se tendrían que disfrazar mis queridos y bipolares compatriotaspara sobrevivir? Y no estoy hablando de la dignidad. Eso sería motivo de varias páginas.

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