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A 2 años de Ayotzinapa: Memoria, Verdad y Justicia por los 43 estudiantes desaparecidos y asesinados por Fuerzas Policiales #Mexiconosduele

13:50 - 26 septiembre 2016

Firmamos la solicitada pidiéndole al juez Claudio Bonadio que #EntreguenLasCunitas, para que los privilegiados sigan siendo los niños.

13:50 - 26 septiembre 2016

Pareciera que en vez de un país @mauriciomacri preside un simulacro a escala de la Argentina, que los asesores le inventan.

14:54 - 23 septiembre 2016

Con @CFKArgentina, tras la fructífera reunión hoy en el @inst_PATRIAar entre la ex Presidenta y la Mesa Nacional de la @CTAok.

14:51 - 23 septiembre 2016

Portada del sitio || La Central || Nono Ortolani. El memorioso

Los chanchos (*) en la cárcel de Villa Libertad, Resistencia, Chaco.
Sanción habitual: Un mes. Los porqués varían de acuerdo a la inventiva del oficial de guardia. El motivo es siempre el mismo: quebrar resistencias reales o supuestas.

Todo esto lo sabríamos con el tiempo.
Ahora, los diez o doce primeros castigados caminamos en círculos, cada uno en su celda de 2 x 3 metros, piso de cemento y sin más mobiliario que una ventana minúscula, igual enrejada, a más de dos metros de altura.
El silencio se interrumpe a ratos por algún carro que pasa chirriando, lejos, por el pasillo central. El calor arrecia, así que los pájaros no aportan. De tanto en tanto algunos golpes en una pared cercana dan cuenta de una charla por morse. O una partida de ajedrez. O ambas.
En el silencio, que de todos modos se impone, se escucha una voz grave, densa, pesada y calma. "Compañeros: Soy Ortolani, me dicen ’el Nono’. ¿Qué les parece si nos vamos presentando, siguiendo el orden de las celdas?" .
El morse y las caminatas se detienen y, algunos por primera vez otros repitiéndose, todos nos presentamos.
Comienzan los comentarios. Que todos estaremos allí por un mes, que nos eligieron, que el régimen de la cárcel se endurece, que el que está en la celda más cercana a la reja de ingreso puede escuchar cuando entra el yuga (**) y avisar con un par de golpes.
Y ya nos ponemos de acuerdo: Un golpe para tal cosa. Dos para tal otra. La charla se va apagando cuando vuelve a resonar la voz del Nono: "¿Qué tal si contamos algún cuento?". “¿Quién se acuerda?" Pregunta el de la segunda celda. "¿Cuentos de qué?" Pregunta el de la quinta celda de enfrente.
"Si quieren, yo puedo largar con el primero", apunta el Nono y agrega: "Funes, el memorioso por Jorge Luis Borges".
Tras un silencio, el Nono comienza el relato: “Y Lo recuerdo (yo no tengo derecho a pronunciar ese verbo sagrado, sólo un hombre en la tierra tuvo derecho y ese hombre ha muerto)…”. En algún momento, lo que es texto de Borges se mezcla con el texto que va armando el Nono sin detenerse hasta llegar al “fin”.
No lo interrumpe una sola voz. El carro parece que ya no va con comida u ollas vacías hacia el pabellón de "comunes" (***), los pájaros siguen su siesta. Sólo existe la semblanza y virtudes de ese personaje uruguayo, algo resentido con los argentinos, más agobiado por tanto recuerdo. El Nono es, no sólo por su fidelidad al cuento sino también por los matices que le imprime a cada situación, a cada referencia, Funes. Pero a diferencia de aquel que imaginara Borges, este memorioso tuvo la virtud de despertar el Funes que dormía en cada uno. En una tarde, la primera en esos chanchos, cuerpo a tierra, la cara de costado para que su voz saliera por la hendija inferior de la puerta y llegara a diez, doce tipos cuerpo a tierra, la oreja pegada a la hendija de su puerta, el Nono fundó la rutina diaria para la hora de cada siesta en ese mes de chanchos que todos habríamos de pasar, sin colchones, comiendo una vez al día y a veces menos, con alguna que otra guardia sacándonos de uno en uno a las patadas con el fin de cambiar lo que no habían podido: una actitud de dignidad que los presos no abandonamos ni después de Margarita Belén.
Desde al final de cada relato escuchado cuerpo a tierra hasta el inicio del siguiente un día después, el próximo relator, entre las caminatas, el recordar canciones, poemas, algo para decir y escucharse en voz alta, el sueño mal dormido sobre el cemento y la vigilia forzada en el día para que la noche no lo encuentre en vela, entre las repetidas acciones que te permiten ilusionarte con seguir siendo vos, el próximo relator se esforzará por recordar párrafos, alguna palabra clave o al menos la situación que se volcará alguna vez en la escritura de Cortázar, Benedetti, Sarmiento (el Facundo también terció en esos días).
Y todos sabíamos que el Nono lo contaba mejor, así que nos esforzábamos por acercarnos a su altura.
El Nono Ortolani no fue detenido por contar cuentos, al menos esos cuentos y de ese modo, sino por militar en el PRT, conducir una parte de la apoyatura al conflicto de Villa Constitución, tener, al momento de su detención decenas de años de militancia. De ahí “El Nono”.
En otro momento, de palabras intercambiadas por personas que no se ven, el Nono negoció en la noche y a la distancia con un vocero de los represores, la rendición de los compañeros que quedaron dentro del penal de Rawson, tras la fuga de 1972.
Ya en la nueva dictadura, antes de llegar a Villa Libertad, estuvo un año en otra cárcel, no recuerdo cuál. Aislado. Lo sacaban de cuando en cuando a caminar por el patio. Solo.
Cuando lo supe me pregunté cuánto tuvo que poner de sí en ese año de soledad para seguir siendo quien era este tipo que se comunicaba con tanta naturalidad, que tenía tanta avidez por charlar, compartir con los demás, tanta que pudo convencernos a todos de agregarle horas de piso de cemento a nuestros cuerpos para escucharlo, para escucharnos.
Después vendrían otras cárceles, libertades a tiempos diferentes, vidas un poco menos heroicas pero más cerca de lo humano y lo vivible. El perderse de vista entre el mar de nuevas relaciones, amores, familias.
Nos vimos en ocasión de convertirse el aeropuerto de Trelew en Centro de la Memoria. Entramos a la cárcel de Rawson, pude “probarme” la celda que habité en 1974. Entre exclamación y exclamación nos contamos algunas cosas. Tanto era lo vivido que no se podía juntar en un relato como los del Chaco.
Hoy, mi ex mujer me manda un whatsapp. “¿Conocías al Nono Ortolani?. Nada… te imaginás. Sí, se murió. Estamos grandes”.
Sólo esperar que en estos años que le escamoteamos al genocidio el Nono haya vivido con tanta plenitud como la que ponía en sus relatos. Y recordarlo.

(*) Chanchos: pabellón de castigo
(**) Yuga: carcelero
(***) Comunes: se llamaba así a los presos por delitos "comunes" antes de los Redondos

Mario Burgos