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Portada del sitio || La Central || Una crónica desde el corazón de Cuba

Raúl Castro se encuentra con Barack Obama y Cristina Kirchner tercia en el debate. Estampas y desafíos de la vida cotidiana.

Martín Granovsky
Página 12
19.04.2015

Difícil saber qué hay delante del micro que está ahí al frente, como parado en la ruta. Algo lo molesta porque anda a 15 por hora. Imposible pasar. Por el carril contrario se acerca una pequeña caravana que hace de tapón. Primero un gordo pedaleando en una bicicleta vieja. Detrás dos policías de uniforme caqui –conduce el de bigotazos– en una moto con sidecar. Y atrás de ellos un Lada de los ’80, aquel auto parecido al 125 que la Fiat fabricó en la Unión Soviética. Es 11 de abril en la carretera central de Cuba. La radio transmite el discurso de Barack Obama en Panamá. Muy pronto hablará

Raúl Castro.

Dice un cartel al costado de la ruta: “Quien quiere, gana. Quien no se esfuerza, no quiere”.

En esta ruta ondulada es mejor relajarse y hacer zapping entre las únicas dos AM que se escuchan bien, Radio Reloj y Radio Rebelde. No serán lo más variado para un viaje de 10 horas en coche, pero estos días suena interesante hasta el locutor engolado de Radio Reloj, que con su voz de película argentina de Enrique Serrano cada dos minutos da la hora. Es que hay noticias. En la preparación de la Cumbre de las Américas de Panamá el gran tema para los cubanos fue la presencia del José Félix Rodríguez. Es la misma persona que por encargo de la Agencia Central de Inteligencia y por propia convicción asesinó a Ernesto Guevara en Bolivia el 8 de octubre de 1967. Es el mismo, también, que en 1991 se llegó hasta la Quinta de Olivos acompañando al cubano anticastrista Jorge Mas Canosa para entrevistarse con Carlos Menem y sellar el aspecto más crudo, físico y comercial de las relaciones carnales.

Tanto Reloj, la de las noticias en grageas, como Rebelde, con mayor despliegue, informaron en detalle sobre cómo Rodríguez terminó siendo una provocación que impidiera la participación plena en el foro de la sociedad civil de Panamá de gente como Miguel Barnet, el presidente de la Asociación Cubana de Artistas y Escritores que a los 24 escribió la memorable Biografía de un cimarrón, sobre la vida del esclavo Esteban Montejo.

Dice un cartel: “Unidad, firmeza y victoria”.

Fuera de Cuba el Che puede significar utopía, revolución, ideales, solidaridad, idealismo o el icono de una camiseta. En Cuba es, además de figura legendaria, uno de los padres fundadores de revoluciones y peleas por la independencia junto a Carlos Céspedes, jefe del levantamiento de 1868, al general de la independencia Antonio Maceo, al Maestro, como llaman a José Martí, a Fidel Castro y a Camilo Cienfuegos. El Che fue comandante de la guerrilla y, con Camilo, uno de los dos segundos de Fidel tanto en Sierra Maestra como en el gobierno nacido de la revolución del 1o de enero de 1959. Hasta presidió al Banco Nacional y encabezó el Ministerio de Industrias. Poner al asesino del Che en una cumbre de la sociedad civil, preparatoria de la cumbre de los presidentes, es un mensaje de ataque no sólo a una figura de la revolución mundial sino a un prócer del Estado cubano. Una figura, además, adorada por el pueblo. Aunque ya pasaron 50 años desde que dejó Cuba rumbo al Congo.

–¿A usted le parece? Esa gente mató al Che –dice enojado un cocinero mientras accede a confiar sus secretos para un buen congrí, el arroz con frijoles negros que también llaman Moros y Cristianos.

Para él, en la noche del 10 de abril, un día antes del gran momento de los presidentes que es el sábado 11, la cumbre es de un impacto tal que justifica encender el televisor incluso antes del comienzo de un gran partido de béisbol, el que enfrenta a Tigres (Ciego de Avila) contra Piratas (Isla de la Juventud).

–¿A Rodríguez lo habrán llevado los gusanos?

–Bueno, en Cuba ya no usamos esa palabra. Es un poco agresiva –corrige el cocinero, tan furioso con Rodríguez como actualizado en diplomacia.

Cerca, dos chicos juegan al ludo. Sin celulares inteligentes y casi sin Internet, sin Play Station ni tablets, o sea sin pantallas, jugar fuera de la electrónica es una gran opción. Funciona tanto adentro, sobre la mesa familiar, como en una calle de Santiago de Cuba, donde un grupo de muchachos juega dominó encarnizadamente. Entre los cuatro sostienen sobre sus rodillas una madera sin patas que hace de mesa. No parecen temerle a nada, quizás porque casi no hay autos. Ni ladrones.

Dice un cartel de la ruta: “Ser eficientes es vencer”.

La radio lleva una semana precalentándose y precalentando. Usa un anuncio. “El general de Ejército Raúl Castro Ruz, presidente del Consejo de Estado y del Consejo de Ministros de Cuba, asistirá a la Séptima Cumbre de las Américas.” Pone la voz de Raúl cuando avisa con su voz áspera que estará en Panamá “por invitación del presidente Juan Carlos Varela”. Es decir, quiere decir Raúl, no por acuerdo con los Estados Unidos. Sin embargo es obvio que Varela tuvo un guiño, cuando no el aliento de Wa-shington, para que Cuba participase en la Séptima Cumbre después de que en diciembre Barack Obama y Castro anunciaron que normalizarían relaciones. Era una buena ocasión para pasar de la palabra al símbolo y del símbolo a los discursos y al encuentro entre los dos sin buscar especialmente un tercer país. Como quien no quiere la cosa mientras, obviamente, quiere la cosa.

Es difícil saber si la cosa será tan rápida como parecía en diciembre. Por lo pronto, el turismo norteamericano aumentó, pero no hay una invasión. Aquí delante, por ejemplo, el tránsito como la categoría de situación pastosa conocida en Corrientes a las tres de la tarde o de vuelo en la autopista Rosario-Córdoba a las dos de la mañana sigue ausente. Ni despacio ni rápido. No es una cuestión de cantidad sino de calidad de protagonistas y de la frecuencia con que el tipo de actor se cruce con otro en un mismo camino. El micro de adelante pasa. Se puede pasar también, y hacer la lista de lo que había. Primero un carro con dos personas a bordo, ruedas de bicicleta y toldo. Después un Chevrolet modelo 1950. Luego un camión de los ’40 remotorizado con equipo Diésel, que en Cuba llaman petróleo. El carro no se tira a la banquina. O sabe que en teoría nadie lo molestará o porque no hay banquina, ni siquiera de paja. Y nadie le tocará bocina.

Dice un cartel: “La revolución es invencible”.

Habla Obama. Se escucha un tramo de su voz al principio. Sobreimprime la traductora. Dice Obama sobre las relaciones con Cuba que Estados Unidos “no será prisionero del pasado”, lo cual no significa que lo soslaya sino que políticamente eligió no hablar de él, y que “mira al futuro”.

Sobre la mano derecha de la carretera central, porque los carros también andan por la carretera central de Cuba, la que une los 968 kilómetros entre La Habana y Santiago, se ven unos barracones agrícolas. Es zona de azúcar. La zafra está por terminar. Radio Reloj informa que será la mayor zafra en 11 años, con 22 por ciento de crecimiento entre la cosecha que termina y la recolección anterior. Sin publicidad a la vista, no hay barracón sin consigna.

Dice un cartel: “Nacimos para vencer. Girón para siempre”.

Habla Raúl. Todos ríen cuando dice: “Ya era hora de que yo hablara aquí en nombre de Cuba”. Se escuchan carcajadas ante la idea de que no se quedaría con los ocho minutos concedidos a cada presidente sino que usaría los 48 endeudados en seis tramos de ocho por cada una de las seis cumbres anteriores de la que Cuba fue excluida.

Castro mencionó varias veces la expresión “América latina”, pero sólo después de haber usado otra, “Nuestra América”, la forma en que Martí hablaba de la América que quedaba al sur de los Estados Unidos y que socialmente debía ser también la del mestizo, el indio y el negro. Su discurso fue en buena medida un repaso histórico de la relación con Washington.

“En el siglo XIX, surgieron la Doctrina del Destino Manifiesto con el propósito de dominar las Américas y al mundo, y la idea de la Fruta Madura para la gravitación inevitable de Cuba hacia la Unión norteamericana, que desdeñaba el nacimiento y de- sarrollo de un pensamiento propio y emancipador”, recordó. Y agregó el hermano de Fidel: “Hace 117 años, el 11 de abril de 1898, el entonces presidente de los Estados Unidos solicitó al Congreso autorización para intervenir militarmente en la guerra de independencia, ya ganada con ríos de sangre cubana, y éste emitió su engañosa Resolución Conjunta, que reconocía la independencia de la isla ‘de hecho y de derecho’. Entraron como aliados y se apoderaron del país como ocupantes. Se impuso a Cuba un apéndice a su Constitución, la Enmienda Platt, que la despojó de su soberanía, autorizaba al poderoso vecino a intervenir en los asuntos internos y dio origen a la Base Naval de Guantánamo, la cual todavía usurpa parte de nuestro territorio”. Dijo Raúl Castro que el 1 de enero de 1899 los militares norteamericanos entraron en La Habana. Justo 60 años antes de que cayera la dictadura pronorteamericana de Fulgencio Batista. Ciclos: en 2019 se cumplirán 60 años de la revolución. ¿Cómo serán los próximos 60 años?

Dice un cartel: “Patria es humanidad”. Firma Martí.

Cafetería El Paso está camino a Los Arabos, sobre la carretera central, en una zona muy poblada, con pueblos como Jovellanos o El Perico. Es cerca de Santa Clara, la que en la canción “Hasta siempre” se despierta para verte, en recuerdo del paso del Che rumbo a La Habana tras la victoria guerrillera en Sierra Maestra. Dan café si uno espera cinco minutos y prestan el baño si uno espera a que lo pongan decente. La tierra es seca. Un páramo. Detrás del mostrador un afiche publicita la semana del cine de diversidad sexual. Con el café ya preparado, delicioso como en toda Cuba, sobre las cinco de la tarde llega una adolescente de pollera beige, camisa blanca y pañuelo del mismo tono que la pollera. El uniforme de los primeros años de la secundaria. En preescolar es azul. En primaria es bordó. La nena luce remolona como cualquiera que recién haya vuelto de la escuela. También impecable, peinada, elegante. Una privilegiada, diría Perón. La primaria y la secundaria son obligatorias y a simple vista esa obligatoriedad parece de cumplimiento sagrado. En La Habana hay muchos chicos jugando en la calle. Algunos mejor vestidos. Otros descalzos. Algunos con remera y otros en cueros. Algunos con una pelota de fútbol y otros soñando con ser bateadores de La Isla. En Santiago hay chicos en la calle, jugando. Aun en medio del campo, junto a bohíos donde todavía es preciso andar mucho para buscar agua y la luz eléctrica es un milagro, juegan chicos. En el campo una parte del trabajo se hace con arados de hierro tirados por bueyes. A la vera de las rutas más precarias, los campesinos llevan las riendas de carros cargados de caña. Pero salvo en los fines de semana o en días sin clase, es imposible ver un nene o una nena dando vueltas por ahí, al lado de un buey o de un atado de caña. Deben estar –se supone, y al menos por lo que puede observarse lo cumplen– en la escuela. Hay algo más que en Cuba no se ve: chicos trabajando. Tampoco, en apariencia, otra cosa: chicos pidiendo. Ni siquiera hay nenes con los campesinos en los carros, o ayudando a los que ofertan una habitación, una casa donde quedarse, un taxi Plymouth descapotable, un taxi Lada, un taxi tirado por moto en forma de coco, un tabaquito, una información sobre el mejor mojito, un restaurante con terraza y música en Santiago porque a mí, señor, el dueño después me paga con una botellita de aceite, un ron añejo que mi amigo trae directo de la refinería y usted va a pagar más baratico.

Lo más escuchado dentro y fuera de Cuba es que la Revolución Cubana garantizó y garantiza salud y educación. Los cubanos forman clínicos que funcionan como médicos de familia. El médico de proximidad, que siempre es el mismo, opera como primer recurso. Luego vendrán los especialistas o los hospitales.

Salud y educación garantizadas forman una base sólida. Aumentan la expectativa de vida, aseguran la nutrición inicial y ofrecen un piso para construir la autoestima. Los fenómenos, claro, no tienen una sola cara, porque la existencia de diversos mercados a la vez simplifica el comercio y crea distorsiones. Algunos de los taxistas mayores de 50 del Parque Céspedes en Santiago o del Parque Central en La Habana, hablan cuatro o cinco idiomas. Español, sin dudas. Inglés aprendido sistemáticamente. Francés aprendido en la calle. Italiano, igual. Y ruso. ¿De dónde salió el ruso? De haber estudiado ingeniería en la ex Unión Soviética, antes de la implosión de 1991. De modo que puede haber un diseñador de motores de aviación haciendo changas para turistas. ¿Es porque no hay trabajo para ingenieros? Sí hay. El punto es que un ingeniero cobra el sueldo en pesos moneda nacional y el equivalente no supera los 25 dólares mensuales. Exactamente cinco viajes en taxi. Muchos profesionales combinan el trabajo que les gusta y para el que estudiaron con un pie puesto en el mercado donde se gana en divisas. Otros, quizá más cansados o mayores, ya se volcaron totalmente al mundo en divisas que les permite aumentar notablemente el poder adquisitivo. Es, por un lado, un evidente desperdicio de recursos. Fueron formados por el Estado con conocimientos y habilidades que no usarán en el sector originario. Pero tal vez la mezcla de formación sistemática e inventiva los convierta en la cabeza de algunas de las nuevas cooperativas de turismo y construcción.

¿Cómo juegan en Cuba los distintos bagajes y los distintos pasados?

Cartel al costado de la ruta: “Fin de la injusticia. Entramos de lleno en la hora sagrada de la revolución”.

Discurso de Raúl: “Hemos soportado grandes penurias. El 77 por ciento de la población cubana nació bajo los rigores que impone el bloqueo”.

En el mensaje, el presidente cubano busca ser cordial con su colega de Washington, el primero que no sólo planifica acercarse a Cuba sino que lo realiza. “Hemos expresado públicamente al presidente Obama, quien también nació bajo la política de bloqueo a Cuba y al ser electo la heredó de diez presidentes, nuestro reconocimiento por su valiente decisión de involucrarse en un debate con el Congreso de su país para ponerle fin.”

De todos modos, Castro no se priva de realizar una precisión. “Hasta hoy, el bloqueo económico, comercial y financiero se aplica en toda su intensidad contra la isla, provoca daños y carencias al pueblo y es el obstáculo esencial al desarrollo de nuestra economía. Constituye una violación del Derecho Internacional y su alcance extraterritorial afecta los intereses de todos los Estados.”

–Al mojito no le puedo poner menos azúcar –informa un mozo de la calle Obispo, en el corazón de La Habana vieja–. Cambia el sabor. ¿De España?

–De la Argentina. Entonces tráigamelo con todo el azúcar.

–Ah, de la Argentina. ¿Escucharon el discurso de Raúl? Estuvo firme su Presidenta.

Cristina Fernández de Kirchner, justo después de Raúl Castro, valora la reanudación del diálogo como una “actitud positiva de Obama”. Y dice: “Tengamos claro que Cuba no está aquí y no estamos presenciando el encuentro de dos presidentes que finalmente después de mucho tiempo decidieron darse la mano. No, señores. Cuba está aquí, porque luchó por más de 60 años con una dignidad sin precedentes. Con un pueblo que sufrió y sufre aún muchísimas penurias, y porque ese pueblo fue conducido y dirigido por líderes que no traicionaron su lucha, sino que fueron parte de ella”.

Cartel en la ruta: “Decisión, coraje, valentía”.

Los cubanos protestan contra el bloqueo, pero parecen temer más los efectos sociales, culturales y psicológicos, que aún desconocen en todo su alcance, del llamado Período Especial. Un modo casi benévolo de describir el tremendo sufrimiento social que vivió la isla desde 1991, cuando la nueva Rusia postsoviética cortó lazos y subsidios. Los cuentos narran cosas feas. Los que hoy son gordos o gorditas miran sus fotos de entonces y se ven flacos y flaquitas. No tenían suficiente comida ni transporte. Largas caminatas hacia el trabajo y desde el trabajo. Cuando podían acceder a ella, porque costaba carísimo, la bicicleta para andar kilómetros de ida y kilómetros de vuelta.

–¿Has visto que en las tumbas se pone QEPD?

–Sí. Que en paz descanse.

–En el Período Especial decíamos que había que poner NR.

–¿NR?

–No resistió.

El humor cubano relaja. Quita dramatismo. Explica lo que una vez dijo Pablo Milanés: “Vivir en Cuba es un encanto y un infierno”. ¿Se puede medir, más allá del humor, qué impacto tuvo en la sociedad el Período Especial? Trabajo para sociólogos, historiadores, antropólogos. A los que hoy tienen 30 esa etapa los tomó entre los cinco y los quince. Se acuerdan. A los que tienen 40, entre los 15 y los 25. Se acuerdan aún más. A los mayores de 50 ni hablar. En esta última franja, que agrupa a los nacidos con la revolución o a quienes eran niños o adolescentes en 1959, domina un elemento común: nadie quiere hablar en detalle de una etapa de tanto sufrimiento. Dan títulos y callan. A veces se advierte en el relato cierto orgullo por haber aguantado la prueba. A veces puede detectarse la amargura que retrató tan bien Leonardo Padura en los personajes de su novela Herejes. Muestran frustración, más que resentimiento, y dolor más que odio, porque no se trata de gente como José Félix Rodríguez sino de simples cubanos que tramitaron a su manera una crisis que afectó a todos. Las cosas están hoy muy mezcladas. Un matrimonio de veteranos comunistas puede tener un hijo que vive en Miami porque, sencillamente, no soportó privaciones y piensa que las chances son mayores fuera de Cuba. Una hermana puede tener otra hermana en la Florida. Tiene ganas de verla, pero no quiere dar el brazo a torcer. No la critica, pero por qué no viene ella primero en lugar de decirme que viaje yo. Un emprendedor que cría chanchos en Camagüey y pronto criará pollos asociado a un campesino se queja porque no hay un mercado de maíz. Su madre, ingeniera recibida en la Unión Soviética (y van...), reside en Tampa. Le dice que vaya, que allá tiene futuro. El intuye, cree y sobre todo hace lo posible para que la transición hacia un país menos centralizado y menos estatal lo encuentre en Cuba.

Cartel: “La batalla económica constituye hoy más que nunca la tarea principal”. Firma Raúl.

¿Cómo hace, estos días, contacto con la realidad cubana un latinoamericano de izquierda, o nacional y popular, o simplemente humanista, sin caer en la arrogancia de decirles a los cubanos qué está bien y qué está mal y por qué no deberían quejarse de las penurias en el consumo? Cuba no es injusta como sus vecinos Haití, República Dominicana o Guatemala. Es cierto que los cubanos tienen un sistema sanitario más democrático que el de los Estados Unidos y uno educativo sólo comparable, por el acceso gratuito, al de la Argentina. Y es especialmente exacto que los chicos, o los que fueron chicos incluso durante el Período Especial y siempre durante el bloqueo, se sienten portadores de derechos. Un cubano podrá decir: “Concuerdo con lo que expones, pero además podríamos estar mejor con menos burocracia”. Otro podría pedir, en concreto, un mercado mayorista del que Cuba carece. Otro, más libertades que reforma, más glasnost que perestroika. Otro, más reforma que libertades. Otro, la vuelta más rápida de los pequeños comercios, que la revolución expropió igual que a la General Electric y que hoy se propone reponer junto al sector estatal y al sector público cooperativo dentro de lo que el gobierno llama “proceso de actualización”. Todos exigirán Internet.

¿Y con los Estados Unidos qué? El escenario más probable es una reconexión gradual, muy gradual, porque pesan como mínimo dos elementos. De un lado la necesidad de contar con suministros y divisas. De otro el cuidado que los cubanos tienen por saber que Cuba queda en un área colonial de Washington, donde la idea del patio trasero es literal, como escribió Martí en la famosa carta a Manuel Mercado del 18 de mayo de 1895, conocida como su testamento político porque al día siguiente fue muerto en la guerra.

Dijo Martí: “Ya puedo escribir (...) por mi deber de impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América. Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso. En silencio ha tenido que ser, y como indirectamente, porque hay cosas que para lograrlas han de andar ocultas”.

Dice un cartel: “Comunidad audaz”.