En el artículo 14 bis de la Constitución Nacional y en la Ley 20744 de Contrato de Trabajo está taxativamente establecido el principio igual salario por igual trabajo. Además, nuestro país ha ratificado los Convenios 100 y 111 de la OIT de igualdad y no discriminación. No obstante este marco normativo, las mujeres nos vemos afectadas por una inserción laboral marcada por la discriminación estructural, que no es precisamente cobrar distinto en un mismo puesto de trabajo, sino que obedece a un conjunto de factores que dan como resultado la desigualdad en los salarios.

Entre todas las discriminaciones que afectan la inserción laboral de las mujeres, la más persistente a nivel mundial y más difícil de enfrentar es la brecha salarial. Según un informe de las Naciones Unidas el promedio mundial es de 23%, con diferencias sustanciales entre los continentes y los países. Quiere decir que en promedio, las mujeres ganan 77 centavos por cada dólar de los varones. Por ejemplo, las mujeres en Europa ganan 18% menos que los hombres, en Alemania esa diferencia ronda el 23%, y en Turquía sobrepasa el 50%. En la Argentina la brecha salarial está cercana al 30%. Dado el alcance mundial, y por lo tanto estructural de la discriminación salarial, sabemos que esta problemática no se resuelve con una mágica ley, sino que requiere de varias modificaciones legislativas, y sobre todo, de un conjunto de políticas que apunten a modificar las bases estructurales de las desigualdades.

La inserción laboral de las mujeres está determinada no sólo por la división social, que establece el sistema capitalista, sino también por la división sexual del trabajo. Hay brechas de participación que rondan un promedio del 25%, pero crecen significativamente según niveles de instrucción, regiones geográficas, cuando hay hijxs a cargo o personas dependientes, en algunos casos superando el 50%. Existe la segmentación horizontal, que nos sitúa en trabajos más precarizados y de menor remuneración. También está la segmentación vertical, conocida como techo de cristal o piso pegajoso, quedando sobrerrepresentadas en los puestos de menor remuneración y jerarquía, incluso en los sectores con gran presencia femenina, como educación y salud. A lo que debemos sumar el diferencial sustantivo del tiempo de trabajo: estamos un 30% menos de horas en el trabajo remunerado y un 75% más del trabajo en las tareas domésticas y de cuidados no remuneradas.

Para enfrentar las brechas que afectan a las trabajadoras, en un marco de generación de empleo de calidad -algo alejado de lo que está sucediendo- se deberían llevar a cabo un conjunto de iniciativas: incluir políticas activas que mejoren las ofertas laborales para las mujeres, promover las responsabilidades familiares compartidas, reformar de manera integral la Ley de Contrato de trabajo en las licencias y el capítulo del trabajo de las mujeres, ampliar los servicios de apoyo y cuidado infantil, mejorar las políticas de salud, educación y los servicios para adultos mayores, promover la inclusión y acceso de las mujeres en áreas que trasciendan los estereotipos de género, promover políticas específicas para sectores no calificados; derogar la reforma previsional y volver a la inclusión jubilatoria, que reconoce el trabajo de cuidados no remunerado, sin aumentar la edad jubilatoria, no poner techo a las paritarias y mucho menos en sectores altamente feminizados como el docente.

En definitiva mujeres y varones no hacemos los mismos trabajos, ni en la casa ni fuera de ella, así como tampoco trabajamos la misma cantidad de horas en el trabajo remunerado y no remunerado. De ahí la importancia de entender que el reclamo no es salarios iguales por el mismo trabajo sino salarios iguales por trabajos de igual valor. Esto requiere seguramente de una revolución en el mercado de trabajo, que por más que no veamos tan cercana, el movimiento de mujeres y feminista está demostrando su enorme capacidad para interpelar, y las mujeres cada vez más presentes en el movimiento sindical.

Si nos dicen que van a lograr la igualdad salarial con una ley, invitémonos a sospechar.

Estela Díaz es Secretaria de Igualdad de Género de la CTA Nacional

Fuente: Página/12

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