Octubre, siempre octubre. Un mes encaprichado del calendario que nos invita a la reflexión.

Ahicito nomás, se nos viene el 12 de octubre para empezar a refrescar algo tan necesario como es la memoria, ese constitutivo indispensable para saber quienes somos, de donde venimos, y mejor aún, donde nos ponemos en éste rinconcito de la historia.

Hace 528 años en nuestra tierra se abrió una herida que jamás pudimos cerrar. Aquellos pueblos que estaban lejos de vivir en un paraíso, fueron condenados a padecer el infierno de los que se creían dueño de las palabras y de todas las cosas. Forjaron una historia plagada de ocultamientos, de mentiras espantosas, para convalidar la ambición de los poderosos.

Aquellos heroicos aventureros presentados en la historia como tripulantes de tres carabelas sin rumbo, eran mercenarios al servicio de la corona española. Contratados para conquistar un tierra plagada de riquezas, con la misión de someter a sus pueblos a la esclavitud como destino o la muerte como castigo.

Nuestros pueblos fueron condenados a servir con su creatividad, y con su esfuerzo a vivir trabajando al servicio del desarrollo extranjero. Como esclavos primero, como sobrevivientes luego y como asalariados después, tras siglos de resistencia para seguir siendo considerados como un costo para la ambición de los poderosos.

Nuestra historia fue sepultada. Nuestros pueblos originarios condenados al olvido, nuestros criollos y mestizos a vivir en la ignorancia de creer que nuestra identidad tiene origen en un descubrimiento. Condenados a pensar que Lautaro es un nombre de moda, que Oberá es una ciudad misionera. Que Mangore, Siquirincho, Chacao y Guaicapuru son palabras simpáticas. Incluso que Arbolito es una banda de folklore, que Atahualpa es Yupanqui, y que Yupanqui un club de futbol con poca gente. Aún están, quienes convencidos de la heroica resistencia de Túpac Amaru II, éste no tuvo un carajo que ver con la Independencia de nuestros pueblos.

“Nuestras clases dominantes han procurado siempre que los trabajadores no tengan historia, no tengan doctrina, no tengan héroes y mártires. Cada lucha debe empezar de nuevo, separada de las luchas anteriores: la experiencia colectiva se pierde, las lecciones se olvidan. La historia parece así como propiedad privada cuyos dueños son los dueños de todas las otras cosas." sentenció alguna vez Rodolfo Walsh.

Y se nos viene el 17 encima.

75 Octubres que invitan a una profunda y maravillosa reflexión sobre la lealtad, aquella síntesis escrita por el pueblo en una jornada inmensa que marcó a fuego la historia política de nuestra Patria. Perón era liberado por el pueblo, y el pueblo se disponía marchar hacia su liberación abrazando una conducción política que se nos fue con una revolución que sigue inconclusa. Nos quedaron doctrinas que aún guardan vigencia, nos quedaron banderas que ocultan algunas miserias y exhiben orgullosas el testimonio nítido de la lealtad.

Nos enseñaba Dardo Cabo que “quienes desde la lealtad se atreven a pensar y disentir, se diferencian en mucho de aquellos que ocultan con la obsecuencia la traición. Y también aquellos que con el cuento de la verticalidad ocultan tanto el oportunismo para sacar tajada personal como la mediocridad mental del que no se atreve a pensar.”

Y vaya que el mundo desarmado por la pandemia exige pensar, y mucho, como creamos éste tiempo sin caer en la tentación de volver a una normalidad de la que nadie puede evidenciar orgullo.

Hay pestes que amenazan hasta la fabricación de una vacuna, y hay pestes que se curan por la acción transformadora de la militancia. Y allí están nuestros desafíos, mas allá de los barbijos, la virtualidad o los cuidados sanitarios que nos protegen del virus, pero no van a resolver el dilema del trabajo, la vivienda y los ingresos populares.

La pandemia tiene que dejar de ser una excusa para el no se puede o no se debe y tiene que pensarse como una bisagra, un punto de inflexión, una oportunidad histórica para desnudar los límites de un modelo de acumulación suicida que nos desembocó en ésta crisis humanitaria, y volver a repensar nuestro proyecto nacional desde las certezas que el peronismo trae en la mochila de su historia.

Aquel peronismo de la postguerra que encontró a un mundo demandante de granos y alimentos, y un país en el que la producción y el comercio exterior estaban destinados a asegurar una renta diferencial para único beneficio de una minoría local y las potencias extranjeras; tiene mucho para enseñarnos en éste tiempo de retrocesos con Vicentín, con retenciones a la baja y golpes cambiarios que amenazan los ingresos populares en forma cotidiana como aprovechamiento de una crisis que claramente no nos encuentra a todos en el mismo barco.

“Hay un ciclo económico que el país debe respetar, que es la producción, la industrialización, la comercialización y el consumo. El Estado debe, pues, encadenar estas cuatro operaciones. Este encadenamiento implica que debe darse al problema del agro una solución nacional” les decía Perón a los representantes de la Federación Agraria Argentina (FAA) en marzo de 1947.

La construcción de una solución nacional que puso al Estado como protagonista esencial del desarrollo económico de un país en el que la mayoría trabajaba por migajas, sobrevivía en la pobreza y se arraigaba en una tierra que jamás llegaba a ser suya, fue la premisa obligada del peronismo para pensar la recuperación del país en un contexto de tragedia humana mundial.

Allí estaba el liderazgo por el que clamaba el subsuelo de la Patria que se sublevaba, y que encontraba un diálogo necesario con una mayoría popular que había pasado décadas en silencio. Aquella simbiósis entre liderazgo y organización popular, estaba llamada a hacer el resto, fue la fragua en la que se apretaron las certezas que siguen haciendo del peronismo un arma poderosa cargada de futuro.

Si el peronismo llegó para dar una respuesta nacional a los desafíos que presentaba una crisis mundial que hablaba de recesión, desocupación, hambre y miseria; si consolidó una posición distante de aquellas potencias que aprovechaban la crisis para ofrecerse como dueño de nuestros recursos y gendarmes de sus intereses; si diseñó un nuevo modelo de organización social del trabajo para nuestro país, en el que la comunidad organizada fuera el eje vertebrador de la justicia social y el trabajo la columna vertebral del desarrollo económico.

Si el peronismo pudo construir doctrina al mismo tiempo que enfrentaba los desafíos cotidianos de un país pensado para beneficio de unos pocos, entonces el tamaño de nuestra responsabilidad en éste momento de la historia, es enorme.

Nuestro pueblo nos demandará, con mucha razón, las respuestas necesarias en un tiempo marcado por el conflicto.

El peronismo, en defintiva, es la única voluntad política construída en nuestra historia con la aptitud política para lidiar con el conflicto, para generarlo o para resolverlo desde el Estado. Y las muchas de las veces, necesariamente, en ambos lados del quilombo.

Hay tarea para la organización popular, que debe construir cohesión social en la necesidad, agenda popular en la demanda y comunidad organizada en la respuesta; y hay tarea para el Estado, que debe transformar en realidad efectiva el derecho parido de la necesidad.

Y que haya conflicto hasta que la rueda funcione. Porque de la capacidad que tengamos de traducir en agenda política de gobierno cada una de las necesidades de la mayoría, sin ir a buscar las recetas a la biblioteca de la minoría, va a surgir la potencia incontenible del peronismo, aquella capaz de doblegar los afiebrados intentos de una minoría que sigue soñando con un Patria en la que entramos pocos. Y que necesitamos sea para TODOS.

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