La falsa épica de la publicidad castrense de YPF sobre la Covid-19 y la constante repetición de comparaciones bélicas para describir la pandemia por parte de periodistas y de algunos profesionales de la salud no sólo no contribuye a la prevención sino que atenta contra ella y empieza a tener consecuencias sociales negativas.

El San Martín de bronce, congelado en estatua, unívoco y escolar mira la patria desde lo alto de los Andes mientras la voz en off arranca con la arenga de tono castrense: “Argentinos y argentinas, un enemigo invisible nos ataca, cobarde, que no muestra la cara. Mostrémosle nosotros lo que este pueblo es capaz. Enseñémosle a este virus maldito que aquellas palabras escritas son el destino de nuestra patria. ¡Al gran pueblo argentino salud!”.

No, no se trata de un discurso pronunciado por Jorge Rafael Videla ante tropas en posición de firmes, con el fusil enhiesto; tampoco de una arenga de Domingo Bussi ante un grupo de campesinos temerosos, rodeados por soldados en la inauguración de un pueblo cárcel en Tucumán durante la última dictadura.

No es uno de esos discursos, es el texto en off de la publicidad de YPF para la prevención de la infección por Coronavirus. No es, pero podría serlo: bastaría con reemplazar la expresión “virus maldito” por “subversión apátrida” y calzaría a la perfección. O ni siquiera eso, porque “la subversión”, se dijo infinidad de veces por aquellos años, era un “virus maldito” que enfermaba a la sociedad.

Se podría pensar que, frente a la pandemia de Covid-19, la petrolera que alguna vez fue de bandera decidió abrir un túnel del tiempo y traer al presente a la agencia de publicidad que le hacía los avisos a finales de la década de los ’70. O de un pifie aislado en el análisis de la situación, que cualquier puede tenerlo. Eso y nada más.

Sin embargo, la humanización y criminalización del Coronavirus es un fenómeno mucho más generalizado, hasta podría decirse que hegemónico en los discursos que se escuchan todos los días frente al televisor.

“Guerra” y “enemigo invisible” son dos fórmulas repetidas hasta el cansancio por conductores histéricos y/o solemnes de programas periodísticos, por locutores sabelotodo y por panelistas vende humo en cuanto programa uno tiene la desgracia de ver. A ellos se suman algunos virólogos, infectólogos y epidemiólogos – afortunadamente no todos – que utilizan la misma terminología cuando son invitados a hablar.

En los últimos días, desde que un científico del Malbrán fotografió al virus causante de la Covid-19, se ha sumado otra expresión. Cuando dio la noticia, el propio científico, Adrián Lewis, cayó en la trampa de humanizar al Coronavirus y plantear un escenario de guerra: “Cuando vimos el virus, tuvimos un impacto emocional porque fue ver al enemigo contra el que venimos peleando ya desde hace bastante tiempo y que está generando problemas en todo el mundo”, dijo.

Puestos a simplificar, tituleros de diarios, locutores radiales y conductores televisivos se despacharon con una nueva fórmula: “La cara del coronavirus”, y la machacaron una y otra y otra y otra vez, sin gastarla.

Hay que joderse, ya tenemos el identikit del más malo de todos los enemigos de la humanidad.

Quizás sea necesario decir que el Coronavirus no es malo ni bueno, que no tiene sentimientos ni intenciones, que no es cobarde ni valiente y que tampoco es capaz de pensar y planificar tácticas y estrategias de guerra contra los seres humanos. No tiene células y por lo tanto carece de neuronas. Ni siquiera tiene instintos. Como cualquier otro virus, simplemente es eso que es. Porque los virus son apenas pequeños pedazos de ARN (ácido ribonucleico) o ADN (ácido desoxirribonucleico), a veces encapsulados en una envoltura hecha a base de proteínas. Ni siquiera se los puede considerar seres vivos, están en el límite.

Humanizarlos es darles una entidad que no tienen, lo que no solo confunde sino que es peligroso.

En una nota anterior, casi al principio de la pandemia de Covid-19, recordé como la criminalización de las víctimas de otra pandemia, la de la infección por HIV (el virus causante del SIDA), había provocado en un principio una ola de discriminación contra homosexuales y adictos a las drogas, por considerárselos los agentes transmisores de la enfermedad debido a sus conductas.

De esa manera, el campo de la salud pública quedó capturado por la matriz ideológica de la Doctrina de Seguridad Nacional. Esto es, la existencia de un enemigo externo (el virus/ el marxismo), que cuenta con aliados internos (los infectados por sus “malas conductas” / los subversivos apátridas) que ponen en riesgo a toda la sociedad y su forma tradicional de vida.

La humanización del Coronavirus y su caracterización como “virus maldito” y “enemigo invisible” que plantea una “guerra” funciona de la misma manera.

Los efectos de esta matriz ideológica se ven todos los días, con la estigmatización de los “viajeros” primero y después del personal de salud, acusados en no pocos casos de ser los culpables de la expansión de la pandemia dentro de las fronteras de la patria, o de la ciudad, o del pueblo o del puto edificio donde estoy confinado en un monoambiente.

Basta hacer un recorrido por las redes sociales o leer los cartelitos en muchos edificios invitando a irse al médico, al enfermero o al empleado del súper que viven ahí para comprobarlo.

En el campo de la comunicación masiva, mantener al Coronavirus dentro del ámbito de la salud pública, como el simple virus que es, sin humanizarlo, sin otorgarle imposibles intenciones ni convertirlo protagonista de una guerra inexistente es parte fundamental de la tarea de prevención. Y para evitar la discriminación.

En la mayoría de los casos – desde la publicidad y desde el periodismo – se está haciendo todo lo contrario.

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