Ninguno de los que lo despedimos el sábado en el Parque de la Memoria supo explicar el origen de su último sobrenombre, con el que fue bautizado por sus compañeros durante los años de cárcel: Chirola. Para los que lo conocimos antes, a comienzos de los setenta, Gustavo siempre fue el Chino Westerkamp. Sus ojos rasgados no admitían un apodo diferente.

Sin embargo, todos tenían alguna anécdota para recordarlo, y de a uno lo fueron haciendo antes de tirar sus cenizas en el mismo río en el que hace dos años arrojamos las de sus padres, los inolvidables José "Pipo" Westerkamp y Angela Muruzábal de Westerkamp, “Angelita”, ambos fundadores del CELS y de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos.

Fue su hijo Matías el que rompió el silencio, y de ahí en más fueron surgiendo las palabras de varios de sus compañeros de militancia y de cárcel. “Cuando yo era chico, papá me pedía que lo acompañara a los talleres del conurbano adonde llevaba a arreglar las máquinas de su lavadero de ropa. Eran todos por la zona sur, Quilmes, Berazategui, Lanús, y siempre tomábamos caminos diferentes, nunca íbamos por la autopista. Cuando crecí y me di cuenta de las vueltas que dábamos, me animé a preguntarle por qué lo hacía. Por qué siempre elegía el camino menos directo para llegar a destino.

"Porque quiero que conozcas siempre las rutas alternativas. Así, si alguna vez te toca tener que escapar de las fuerzas represivas, vas a conocer todas las posibilidades", me dijo muy serio.

En realidad, lo que él amaba era estar al volante. Y tanto placer le daba manejar que no le importaba el tiempo para nada, cuantas más horas arriba del auto, mejor.

Y siguió: "Otra vez, a dos amigos míos los habían detenido por portación de rostro y fueron inútiles las gestiones del abogado para liberarlos, así que recurrí a la experiencia de papá buscando su ayuda. "Llamemos a un abogado”, me aconsejó.

— Ya lo hicimos, pa, pero no logramos sacarlos. Pensó un momento y dijo: “entonces no queda otro camino que la acción directa. Yo llamo a algunos compañeros y vos a algunos amigos. Vamos a buscar bulones al lavadero y rodeamos la comisaría. Si no los sueltan, cagamos a bulonazos la comisaría”. Papá era así, no se andaba con vueltas y cuando no encontraba soluciones de otro tipo prefería la “acción directa”. Por suerte ese día no hicieron falta los bulones porque mis amigos salieron horas después.

Por escrito llegaron las palabras de José Cudina, dirigente Pyme del sector frigorífico:

La Asociación de Empresarios Nacionales (ENAC), que tuvo a Gustavo como uno de sus principales impulsores, ha decidido que uno de los salones de la sede de Avenida de Mayo lleve su nombre, como homenaje a su compromiso y su militancia por nuestro sector.

La Asociación que él ayudó a nacer cuenta hoy con más de doscientos socios y casi cien colaboradores.

Luego fue el Negro Winter, compañero de Gustavo en varias prisiones quien lo recordó:

“Con Chirola compartimos muchas celdas. Nuestros apellidos comienzan con la misma letra y siempre que había algún traslado nos tocaba juntos. Estaba empeñado en enseñarme a cantar, y como no teníamos otra cosa mejor que hacer, ensayábamos las escalas varias veces por día. Do, re, mi, hasta que los demás compañeros del pabellón o la guardia nos hacían callar. Yo desafinaba y él lanzaba esa carcajada que lo hizo famoso. Gustavo me enseñó a cantar y a ser mejor ser humano, nunca lo voy a olvidar”.

Romina Ronco lo conoció a Chirola desde otro costado. Tiene 36 años y fue novia de su hijo Matías entre los 15 y los 20. Primera pareja de ambos, y la casa de Gustavo y Silvina, su ex mujer, como refugio de ese amor adolescente. Cenas, charlas y viajes compartidos, y en el medio las peleas de dos chicos que empezaban a descubrir un mundo.

“La casa de Gustavo y Silvina era nuestro paraíso privado —contó Romina—. Junto a ellos pasé parte de mi adolescencia, las peleas entre Matías y yo eran frecuentes y luego las reconciliaciones muy intensas y apasionadas. Gustavo era testigo involuntario, hasta que un día la discusión subió de tono. El escuchó la pelea y muy tímidamente golpeó la puerta del cuarto. Le abrimos y nos alcanzó un libro: "Tomen chicos, me parece que ustedes necesitan leer algo así”, y nos regaló ”El Arte de Amar”, de Erich Fromm. Desde ese día fue mi libro de cabecera. Gustavo fue para mi un padre del corazón”.

La mañana avanzaba calurosa en ese muelle del que nadie se quería ir. El mate iba y venía, pasando de mano en mano. Julio Menajovsky prestaba su gorro para que otros compañeros se protegieran del sol. Se sumaban recuerdos, palabras y silencios con gusto a pena y a nostalgia. Gustavo Westerkamp estaba todavía ahí. Su última pareja, Graciela Meroni, que lo acompañó hasta el final, tenía la urna en sus manos y nadie se animaba a apurar el adiós.

La última anécdota unió a Gustavo con su mamá.

Otro compañero de militancia del Chino contó que, en la primavera del 72, se juntaba a estudiar marxismo con él, al que sólo conocía por su sobrenombre, en las aulas vacías de la UTN de Medrano y Córdoba. Una tarde, el hall de la facultad estaba cubierto de carteles que exigían la renuncia de la Dra. Westerkamp.

— Que jodida debe ser esta profesora, le comentó.

— Sí, es tremenda —le contestó Chirola, la conozco bien.

Días después los dos fueron detenidos juntos y al enterarse en la comisaría de sus respectivos apellidos, el amigo no pudo disimular su asombro.

— Chino —le preguntó—, esa profesora Westekamp de la UTN, ¿es pariente tuya?

— Sí, es mi vieja —contestó Gustavo, lanzando su clásica carcajada.

Angela Muruzabal de Westerkamp, aquella profesora a la que los estudiantes no querían por sus posiciones políticas reaccionarias, se convirtió con los años en Angelita, la destacada militante por los derechos humanos que todos conocimos. Una madre que fue de nuevo parida por su hijo, como suelen afirmar las Madres de Plaza de Mayo.

Así llegó el momento. Graciela y Matías abrieron el cofre y todos fuimos tomando las cenizas para arrojarlas al río. Pipo, Angelita y Chirola ya están de nuevo juntos.

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