Este 1° de Mayo, las trabajadoras reivindicamos nuestra lucha histórica por la igualdad y la justicia social. La pandemia producida por el COVID-19, y los efectos de las necesarias medidas de distanciamiento social que se han dispuesto para moderar la expansión de los contagios, suman adversidad a una situación crítica para las trabajadoras y trabajadores en todo el mundo agravada en nuestro país por las consecuencias de cuatro años de políticas de saqueo y exclusión promovidas por el gobierno de la Alianza Cambiemos.

En una sociedad empobrecida y precarizada, las oportunas decisiones del actual gobierno nacional, orientadas claramente a proteger la salud de la población y atender la situación de emergencia de los sectores más vulnerables, deben poder profundizar su sentido transformador para evitar más sufrimientos para nuestro pueblo. Es por ello que la reestructuración de la deuda externa y la suspensión de los pagos a los acreedores, así como el establecimiento de un impuesto que grave las riquezas exorbitantes acumuladas por una minoría que nunca ha dejado de ganar, son medidas absolutamente necesarias no sólo para sustentar las políticas reparadoras de un Estado que fue saqueado y puesto al servicio de los especuladores sino para avanzar en un proceso de reformas estructurales que redefina la matriz de la distribución de la riqueza en nuestro país.

En este marco, la desigualdad que configura la sociedad actual queda expuesta en toda crudeza. Sin embargo, las trabajadoras aún tenemos que lograr hacer visible el modo en que el patriarcado multiplica sobre nosotras la injusticia de este mundo que el desarrollo capitalista ha tornado ya inhabitable. Es preciso decir, entonces, que somos mayoría en el trabajo precario, en actividades de las que depende una parte importante de la producción y de la resolución de las tareas socialmente necesarias, bajo formas de contratación que la recesión económica y la especulación empresarial ponen fuertemente en riesgo. Estamos en las tareas más expuestas al contagio, y en la provisión de servicios y bienes indispensables para la vida, en la economía formal e informal, en relación de dependencia o por cuenta propia. Estamos sosteniendo de distintas formas el derecho a la salud, la seguridad social, la educación, la alimentación, la comunicación, la cultura, y también asegurando que otres trabajadores lleguen a sus trabajos en sus casas. Estamos en las escuelas y las universidades, y estamos en los barrios, organizando, produciendo, poniéndole solidariamente el cuerpo al desamparo. Estamos, además, en los cuidados y las tareas reproductivas, como trabajadoras mal remuneradas fuera de nuestros hogares, y como trabajadoras cuyo esfuerzo en el ámbito doméstico y familiar continúa sin ser justamente reconocido. El desplazamiento de muchas actividades laborales al propio domicilio representa, para las mujeres, una situación de enorme exigencia que torna especialmente gravosa la desigual distribución de las responsabilidades del cuidado y de las tareas domésticas que nos depara la cultura patriarcal.

Es necesario seguir diciendo, además, que el aislamiento domiciliario potencia para nosotras los riesgos que implica la violencia machista, ya que un altísimo porcentaje de los femicidios y abusos se producen en el ámbito de las relaciones familiares o domésticas. La cuarentena demuestra dramáticamente que el lugar más riesgoso para una mujer es frecuentemente su propia casa. La pandemia también pone en evidencia la profundización de las múltiples violencias que sufre la población travesti-trans. La lista de derechos vulnerados es amplia: falta de trabajo registrado, de acceso a la salud y a la vivienda, entre otros. Otra problemática estructural que queda al descubierto. Sabemos que las consecuencias del encierro serían aún mucho más terribles si no contáramos hoy con un gobierno que se abocó inmediatamente a desarrollar acciones de alerta, acompañamiento y refugio para las víctimas, y si no nos encontráramos fortaleciendo las redes del movimiento feminista popular que hemos contribuido a construir durante tanto tiempo y que, aún en el distanciamiento, nos mantienen juntas para protegernos.

Esa es nuestra fuerza. Para nosotras, orgullosamente trabajadoras y sindicalistas, la conmemoración del 1° de Mayo es una reafirmación de nuestra voluntad de seguir luchando por la igualdad, la justicia social, la erradicación de todas las violencias y el fin de todas las formas de la opresión.

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