El presidente Barack Obama anunció el 17 de diciembre pasado el restablecimiento de relaciones con Cuba –en paralelo con Raúl Castro desde la isla– y en parte de su exposición señaló: “... Estos 50 años mostraron que el aislamiento no funcionó. Es tiempo para un nuevo acercamiento...”.

La pregunta que debemos hacernos es por qué Estados Unidos adopta este cambio de posición, cuando la autocrítica no forma parte de su manera de plantear la política exterior, ni podemos suponer –por otro lado– que sucumbió ante valores como la amistad y la solidaridad, después de haber adoptado medidas que costaron años de sacrificio al pueblo cubano y pérdidas millonarias en su economía.

¿Cuál es la razón de fondo? Evidentemente, estamos frente a una decisión estratégica, cuyo marco de referencia es la posición que China está alcanzando en el mundo en general y en la región en particular.

China hoy es el principal socio comercial de 130 países, tiene el mayor PBI del planeta, ha consolidado, definitivamente, su influencia en el área Asia-Pacífico y en los últimos años en América latina, constituyéndose, como en el caso de Argentina, en el segundo socio, con inversiones en los ámbitos financieros, de la exportación y energéticos.

Un ejemplo claro de esto es su presencia en la realización del segundo canal interoceánico que se va a construir en Nicaragua, en clara contraposición al de Panamá, que históricamente fue funcional a los intereses económicos y geopolíticos estadounidenses.

Si a esto lo encuadramos en su gestión para el surgimiento de los Brics, que ahora ya lidera, y su acercamiento a Rusia –y su aparato militar– podemos dimensionar su posicionamiento global.

Frente a esta situación, Estados Unidos ha decidido modificar su modelo de dominación, manteniendo su participación militar en todo el mundo a pesar de todas las promesas hechas por Obama de dedicarse más a las problemáticas que existen al interior de su propia patria.

Este 2015 es record en presupuesto militar, recuperando los términos porcentuales de la época de George W. Bush, que tienen su explicación en el abandono de la política de ataques selectivos para retomar los planes de invasión masiva. Para ellos busca construir un trípode, consolidando su relación con Europa y tratando de recuperar su liderazgo en América latina, luego de años de apoyo a gobiernos militares, golpes de Estado, y ante el advenimiento de gobiernos populares surgidos democráticamente y que comenzaron a tomar distancias de las posiciones imperialistas. El nacimiento de la Celac (con Cuba y sin Estados Unidos y Canadá) fue una demostración de ese nueva postura que planteaba la región.

Para poder llevar adelante esta decisión y contar con los apoyos tanto del continente europeo como en el nuestro necesitaba destrabar la relación con Cuba, pues la OEA había caído en un amplio desgaste al estar sujeta a los dictámenes de Washington, y la Cumbre de las Américas no tenía más viabilidad al no aceptarse la participación cubana y el reconocimiento explícito a los derechos soberanos de Argentina sobre Malvinas.

Para cumplir su nuevo objetivo, el imperio carga sobre los tres pilares principales de la actual integración con contenido popular: Venezuela con líderes políticos llamando, claramente, a un golpe bancado por Estados Unidos; Brasil, donde impulsan un impeachment contra Dilma, que asumió sólo hace seis semanas, después de ser reelecta y, en Argentina, acosando al oficialismo y especial a su Presidenta, con intentos de procesamientos y denuncias infundadas; dando así una clara señal a sus aliados en toda América latina.

El gesto hacia a Cuba quiere disimular las verdaderas intenciones del gobierno de Obama, más allá de que reconozcamos la heroica lucha, durante décadas, del pueblo cubano.

* Director del Instituto de Estudios de América latina (Ideal-CTA).

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